Alfredo Maestro, los marcianos y el paisaje en una botella

Alfredo Maestro, los marcianos y el paisaje en una botella

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La cuestión no es si realmente Alfredo Maestro ha visto a los marcianos, si es así es probable que los marcianos le hayan visto primero a él y hayan querido bajar a ver quién era aquel humano con aquellas gafas de sol rojas, gorra para atrás y camiseta verde guisante que trajinaba en los viñedos de garnacha a más de 1000 m de altura en la Sierra de Gredos.

Cierto es que cuando Alfredo nos llevo a ver estos espectaculares viñedos con más de 100 años de edad, situados en un apartado rincón de la Sierra de Gredos, imaginamos que aquí podrían fácilmente haber querido aterrizar los alienígenas.

Alfredo Maestro

Para llegar allí subimos desde San Martín de Valdeiglesias hacia Navarredondilla, en pocos minutos pasamos de unos 700 m a unos 1100 m de altitud. El paisaje cambia. Aparecen durante el camino casas abandonadas de cabreros y vaqueros. Ya no hay rastros de los suelos pizarrosos, aquí encontramos granito en estado puro.

Avanzando por pequeñas carreteras por las que difícilmente se pueden cruzar dos coches de repente aparecen los viñedos de donde sale El Marciano. Los pequeños majuelos se encierran en los tradicionales muros de piedras graníticas para protegerlos del ganado. Por la conformación del entorno en el que muchas veces son necesarias las terrazas, aquí solo se puede trabajar con burros, los modernos tractores no caben. En estas tierras los ancianos del pueblo han dejado años y años de dura labor, haciéndolo todo a mano, hasta fabricar los arados de leña de roble como el que Alfredo ha encontrado en un antiguo caseto. Y mucho viñedo está plantado en pie franco, la filoxera no se mueve fácilmente en estos suelos arenosos, y además no había dinero como para gastarlo en comprar pies americanos.

Vignedo Granitico Gredos

El paisaje casi parece lunar; enormes piedras redondeadas de granito despuntan aquí y allá, a veces en equilibrio precario, colocadas en lugares de lo más sorprendentes como si hubieran sido sembradas por una lluvia de meteoritos. Aparecen también en medio de los viñedos, así que hace ya muchos años los paisanos, que no podían desaprovechar nada de terreno, decidieron plantar vides en sus grietas. Aunque parezca increíble, hay frondosas cepas que brotan de unas enormes piedras de granito, viven unidas a ellas, con sus raíces que las van horadando poco a poco.

Cepas en el granito

La simbiosis entre la vid y el granito es perfecta. A diferencia de la pizarra que retiene el calor y beneficia la maduración, el granito da frescura, mantiene la humedad, y para la garnacha es ideal ya que le ayuda a contener el grado alcohólico.

Cepas dentro el ranito

Estos viñedos de garnacha muy vieja fueron abandonados porque los propietarios son demasiado ancianos y nadie quería continuar trabajándolos: los hijos se han marchado a la capital y ellos ya hace tiempo que cedieron a los cantos de sirena de la industria química utilizando herbicidas, pesticidas, etc. porque ya no podían con todo el trabajo.

-“¿Pero tú no curas tu viña?” le pregunta uno de estos señores.

- Alfredo les da caña: “Lo llamas curar la viña, ¿echando veneno? Yo no echo venenos, ¡yo le doy vida!”

Garnacha Gredos

Este es un ejemplo del trabajo que Alfredo Maestro lleva haciendo aquí estos últimos años. No sólo escoge los mejores majuelos de garnacha vieja que han sido abandonados, los libra de los residuos químicos nutriéndolos con compost orgánicos y preparados biodinámicos para que el suelo y las cepas vuelvan a retomar vida, sino que intenta sensibilizar también a los agricultores locales para que utilicen prácticas más respetuosas con la naturaleza. Y funciona. El ecosistema recupera su equilibrio y muchas de las viejas vides renacen, primero brota un pequeño sarmiento, al año siguiente un pequeño racimo y al tercero ya ofrecen unas señoras uvas. Además,  vuelve a surgir la vida en todo el entorno, el pueblo y sus personajes. De repente, el estiércol de las vacas de un ganadero local (vacas criadas al aire libre y sin antibióticos), no solo se lo llevan sino que se lo pagan. “Una pena que no tenga más basura,” dice el paisano. También el quesero se quedó con los ojos a cuadros cuando Alfredo le dijo que necesitaba el suero de su leche para “curar” la viña. Le contestó que podía llevarse todo lo que quisiera, ¡es el residuo de la elaboración del queso! Alfredo insistió en que tenía que asegurarle su abastecimiento durante todo el año, porque aunque no se lo creyera llegaría mucha más gente a por el suero y que se iban a pelear por él. Por no hablar de que a los viticultores del pueblo siempre les habían dicho que su uva no era buena para el vino, que nunca llegaba a madurar, que los viñedos eran demasiado altos. Hoy el Marciano ha puesto al pueblo en el mapa y viene gente de todo el mundo a ver estos viñedos.

Continuamos nuestro paseo por los majuelos observando las viñas, el paisaje y sus protagonistas. Al fondo aparece una enorme piedra de granito, justo en el medio del viñedo, tan inclinada que parece a punto de caer. Es una especie de torre di Pisa con forma de huevo, tan grande que crea una buena zona de sombra. Debajo está la silla de un paisano que todos los días viene del pueblo y pasa allí la tarde, sentado e inmóvil durante horas. La primera vez que lo vio Alfredo le preguntó, curioso, que hacia allí: “Vengo a suicidarme.” En broma, claro, porque confiaba en que la gigantesca piedra no perdiera ese precario equilibrio que ha mantenido durante cientos de años. Lo que no ha querido nunca confesar el paisano es el significado de la cruz que hay encima de la piedra: “No estáis preparados para saberlo” son sus palabras.

Piedra Ganito

Así que en este viñedo no solo hay marcianos, sino también muchos otros personajes. Son hombres de unos 70 u 80 años, la cara dibujada por las grietas del tiempo y del duro trabajo en el campo, pero siempre con un una mirada aguda. Observan con sospecha y diversión al mismo tiempo a Alfredo, a este “marciano” que hace cosas raras y que ha revolucionado el pueblo.

Y el vino, El Marciano, es este paisaje en una botella. O mejor dicho, El Marciano es la esencia de este entorno extremo, de su ritmo de vida, de los protagonistas que animan este paisaje, su suelo, su vegetación, sus animales… Y no hay nada mejor que catarlo con Alfredo rodeados de este viñedo exuberante, sentados encima de una de estas grandes piedras de granito, observando las uvas que ya están casi a punto de ser vendimiadas… y esperando a que bajen los marcianos para que ayuden a elaborar la nueva añada.

De un precioso rojo picota, con capa media, es fresco, franco, armonioso, envolvente, una garnacha que exhibe todo su potencial aromático, fruta roja y especias. En boca tiene un equilibrio perfecto entre acidez y alcohol. Posee tal complejidad que se podría pensar que ha tenido crianza en barrica, pero no ha pasado por madera, estas uvas no la necesitan. Simplemente es un vino vivo, abierto, exuberante, que cuenta las historias de este paisaje y de los marcianos de Alfredo.

¡Salud!

Aldredo Maestro y CarlottaEl Marciano Gredos